«¡Oh, cielos!» «Ye, i griega», de siempre.»


 ¡Oh, cielos!

 «La Ye, i griega» de siempre.»

Como ejemplo de disyuntivas mil. 

Recta desde abajo.  Sosiego o ajetreo. Calma y vida o sucursales y franquicias. Descanso adecuado o fatiga continua. Al romper una, ola, y al sumergirse el otro, fondo. Para este baile: ¿conocida pareja o reto desconocido? A un lado o hacia otro. En la orilla hay agua y arena revueltas, y a veces, revolcones; ¡vaya cruz!, estar en la encrucijada, desde la barra,  donde además, pasado un rato, ya es estar eligiendo: parado como un mueble, mueble bar,  tarde de bar. Al mar.

Pero según te sales de ahí, del mar de dudas, las características de lo elegido se van haciendo más claras, más plenas; humedad o sequedad y en el Atlántico que te digo: ¡qué fría!, al bañarse  o al calorcito de la arena;  de entrada o salida, entras o sales. 

¡Qué grande todo el océano, oh, cielos! ¡Qué grande toda la montaña, oh, cielos!

¿Forzado o por placer?

Guarda para cuando no haya. Da para que crezca. Para que siga la vida. Ama.

¿Tulipanes o narcisos?¿Ajos o cebollas? ¿Ciencias o letras? ¿Trigo o maíz? Para que después vuelvan los colores tras el invierno. Para que siga la vida. 

Por correo de Holanda llegarán  a tiempo los bulbos.

 «La Ye, i griega» de siempre.»

  ¡Oh, cielos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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